Orígenes y prehistoria

La historia de Cañete y su comarca está condicionada por dos factores recurrentes: su carácter de zona montañosa y su naturaleza de tierra de paso y fronteriza que ha mantenido a lo largo de los siglos.

El origen de Cañete como núcleo de población es desconocido en la actualidad, y sólo se pueden aventurar hipótesis. La posición que ocupa la villa, en el centro de una cubeta feraz y bien irrigada y a los pies de una altura fácilmente fortificable, incitan a pensar en un poblamiento antiguo del cual apenas hay rastros.

Los orígenes de la presencia humana en el área de Cañete son muy lejanos. Al menos desde el Paleolítico Superior tenemos asentados en el territorio una serie de grupos de cazadores-recolectores, que dejaron muestras de su arte en los abrigos rupestres de Villar del Humo y Henarejos, o en los casi desaparecidos de Pajaroncillo y Boniches. La Edad del Bronce ya registra una ocupación relativamente densa de la zona, con una ordenación del territorio que sólo en la actualidad comienza a ser conocida. El Bronce Medio (ss. XVIII al XIII a.c.) parece ser el momento de datación predominante de estos pequeños yacimientos, que tienen como denominador común el pequeño tamaño, la pobreza de materiales y su situación en lugares excepcionalmente fuertes, al abrigo de fortificaciones de buen tamaño.


La Edad del Hierro es un periodo fundamental en el área. Con una cronología aproximada entre los siglos VI al I a.c., registra una nueva ordenación del territorio, en torno a enclaves fortificados muy abundantes, en algunos casos de un tamaño considerable. Este número de asentamientos está configurando una estructura política muy compacta en toda la Serranía Baja que probablemente se está correspondiendo con una relativamente elevada densidad de población. Aunque los datos arqueológicos son muy incompletos y la polémica entre especialistas aún no está del todo zanjada, los pobladores parecen ser claramente de etnia céltica, miembros de alguno de los grupos tribales considerados como celtíberos meridionales, llegados a la zona en el último gran movimiento migratorio a partir del siglo VI a.c, o quizás con anterioridad para contingentes muy concretos (posiblemente hasta el s. VIII a.c. para parte del campo tumular de Pajaroncillo).


La fuerte celtización de toda la Serranía de Cuenca no sólo se está traduciendo en una presencia de castros ciertamente relevante, sino que son identificables centros de culto importantes hasta tal punto que han llegado como santuarios de profunda devoción popular hasta el día de hoy. Ejemplo de ello son las tres vírgenes de veneración en cavidades subterráneas, la de Altarejos (nombre significativo), la de la Cueva Santa de Mira y la Virgen de Tejeda, patrona de toda la antigua tierra moyana desde principios del siglo XIII. Que según su hagiografía la Virgen se mostrase en 1205 sobre un tejo, árbol deificado en la religión céltica y muy raro en la comarca, podría ser también un apunte en este sentido.


Edad Antigua. Romanidad.

La época romana, por el contrario, debió registrar una densidad de población bastante débil. La desaparición de buena parte de la población indígena anterior en la larga guerra de sometimiento, lo áspero del clima, las muy escasas posibilidades agrícolas y el aislamiento eran factores disuasorios para la colonización romana. Los asentamientos romanos son pequeños y muy separados unos de otros, apenas reducidas villae encajonadas en las estrechas vegas, que se van haciendo más numerosas y prósperas hacia el sur de la comarca, conforme la Serranía pierde altura y fragosidad, y se dulcifica algo el clima.

Una serie de vías romanas de carácter secundario atraviesan la zona, aunque han quedado pocos restos. Un eje claro de comunicación romana atraviesa la comarca enlazando las poblaciones de Valeria, Monteagudo de las Salinas, Carboneras de Guadazaón, Cañete y Salvacañete, para saltar por Cañigral hacia la Sierra de Albarracín y Albarracín mismo. Todas estas poblaciones presentan vestigios romanos en forma de pequeños enclaves, ninguno de los cuales ha sido sistemáticamente excavado, aunque algunas catas en Salvacañete permitieron recuperar fragmentos de mosaicos geométricos del siglo IV, seguramente pertenecientes a una vieja mansio, o venta caminera. Al norte, otra vía romana secundaria pero bien conocida subía desde Valeria al entorno de Cuenca y algunos lugares alcarreños (con un maravilloso enclave en Noheda, recientemente excavado), para luego internarse en la sierra por Alcantud y Santa Cristina. Aquí y allá queda un pequeño puente salvado por puro capricho de los siglos, o incluso algún corto tramo empedrado, preservado por el aislamiento atroz de los lugares que los viejos romanos se empeñaron en comunicar. Uno de estos dos itinerarios descritos, acaso más el primero que el segundo, tiene que ser la vía XXXI del Itinerario de Antonino (Laminio-Zaragoza), con varias mansii descritas, alguna de las cuales tiene que ubicarse sobre la Serranía de Cuenca, quizás incluso sobre Cañete: Valebonga, Urbiaca, Albonica, Agiria…Otro itinerario, más al sur, entraba en la comarca desde Valencia por Santa Cruz de Moya para luego dirigirse al noroeste, también hacia Albarracín.

En los años 30, seguramente vinculado con alguno de estos asentamientos inmediatos,  apareció el llamado Tesoro de Salvacañete, formado por unos 200 objetos de plaza conservados, entre piezas de orfebrería y numismática, y que se guarda en el Museo Arqueológico Nacional. Fue ocultado a principios del siglo I a.c,  seguramente en relación a algún hecho violento en las postrimerías de la anexión romana del territorio.

Si la población fue escasa, ello no contó para la explotación de recursos mineros, que tuvo que ser exhaustiva. La mina de Cueva del Hierro se explotó con seguridad en época romana, y tuvo que serlo con alta probabilidad la mina de hierro de La Cierva, hoy cegada e inaccesible. En el área metalífera de Henarejos, Talayuelas y Garaballa hay indicios de explotación romana de cobre y hierro, aunque muy poco estudiada y muy desfigurada por las grandes labores mineras del siglo XIX. La sal fue otro recurso ampliamente explotado. La mina de sal gema de Minglanilla, ya en la vecina Manchuela, ha estado en explotación desde época romana hasta nuestros días. Más dudoso, pero probable, es la explotación de sal por cocederos, aprovechando los afloramientos salinos de las facies Keuper, tan frecuentes por toda la Serranía de Cuenca. Los dos enclaves salineros más importantes de la comarca, en Salinas del Manzano y Monteagudo de las Salinas, han funcionado hasta época contemporánea, aunque pequeñas explotaciones de sal por evaporación hubo en gran número a lo largo de las Sierras de Cuenca.

No hay demasiada información sobre ordenación territorial de la Serranía de Cuenca en época romana, pero la hipótesis lógica apunta a una dependencia administrativa de Valeria, ciudad precisamente fundada hacia los años 85-82 a.c.por Cayo Valerio Flaco, cónsul en 93 a.c. y luego gobernador proconsular en Hispania.


Edad Media.

Si la presencia humana es reducida durante la Romanidad, es fácil hacerse una idea del estado demográfico de la zona durante la etapa visigótica. Por lo demás, la carencia de fuentes documentales es casi absoluta. Algún autor habla de una resistencia de la población frente a los visigodos en el siglo VII. No obstante, estas fuentes no parecen demasiado sólidas, y no han sido contrastadas.

Lo que queda fuera de toda duda es que la presencia islámica debió ser considerable en la zona, con asentamientos comprobados en varios lugares. La anexión musulmana trae al territorio fuertes contingentes de origen bereber, fundamentalmente de las tribus Senhaya. Pastores seminómadas, los nuevos pobladores intentaron reproducir en la zona sus formas tradicionales de vida, dando lugar con el tiempo a puntos de población estables en toda la Serranía: Algarra, Alcalá (de la Vega), Walmu (Huélamo), Landit (Landete), Yémeda, Garaballa... entre los todavía poblados; Rubwa, Kelaza, Abendón, Benarruel, Abengámar, entre los extinguidos. Otros núcleos de población comarcanos portan nombres romances que aluden a la presencia islámica: Valdemoro, Valdemorillo, Valdemeca… De Alcalá de la Vega, junto al Cabriel y a escasa distancia de Cañete, surgirá la familia de los Banu Zennum (o Dhu-l-Nun en su forma arabizada), que en sucesivas generaciones llegó a apoderarse de Toledo y a gobernar la extensa cora de Santáver, cuya jurisdicción incluía buena parte del Centro peninsular. También empiezan a aparecer los primeros documentos escritos que hablan de la zona, referidos al paso hacia el norte de expediciones militares y punitivas de los califas cordobeses.

No obstante, las fuentes documentales sobre el periodo islámico en la comarca son exasperantemente escasas, máxime cuando en Cañete se erige entre los siglos IX y XI una alcazaba y un magnífico circuito de murallas (el mejor conjunto provincial actual) del cual no existe ningún tipo de documentación. A título de hipótesis, la construcción de las grandes fortificaciones de Cañete se ha puesto en relación con el control efectivo de la comarca por los califas de Córdoba a partir de Abderramán III al-Nasir (912-961), tras sofocar las endémicas revueltas de los bereberes montañeses acaudillados precisamente por la familia Banu Zennum.

Acaso la sumisión del adalid Yahya b. Musa banu Zennum (muerto en 937), que durante años se había enfrentado a Córdoba desde sus bases en la comarca, tenga bastante que ver con la construcción de las defensas cañeteras. De hecho, una obra de las dimensiones de la muralla y alcazaba de Cañete indica la presencia de un poder centralizado y unos enormes recursos financieros, ajenos a los régulos y cabecillas locales. No resulta descabellado pensar en la creación de un nuevo centro de poder fiel al Califato como punto de sostén en una comarca inestable, desdeñando quizás los viejos castillos, como Huélamo o Alcalá de la Vega, centros tradicionales del gobierno bereber. Así se reactivaría y ampliaría una pequeña fortaleza anterior y se la dotaría del amplio recinto fortificado, concebido para una gran población. Prueba de ello es que el Cañete histórico siempre ha cabido holgadamente en el espacio intramuros, y sólo en su expansión moderna ha saltado las viejas cercas califales.


El paso a manos castellanas de la zona de la Serranía de Cuenca va a ser un proceso largo y complicado que se va prolongar entre los años de 1150 y 1230 aproximadamente. Todavía hoy, un buen número de lagunas e incongruencias historiográficas dificultan el conocimiento del proceso conquistador y repoblador, del que si algo se puede destacar es sin duda este carácter de enorme complejidad. Complejidad propiciada por su escarpado relieve proclive a la defensa y, sobre todo, por la confluencia de un buen número de poderes: los reinos de Castilla y Aragón (más tarde el cristiano de Valencia) y los señoríos independientes de Albarracín y Molina de Aragón. Beteta y sus siete aldeas, próximas precisamente a Molina de Aragón, será la primera zona incorporada, en tanto que los pueblos de la tierra de Moya más orientales no lo serán hasta la década de 1220.

Aunque no se conoce por el momento ninguna documentación que haga referencia a la hipotética conquista o entrega de Cañete, es posible que la población esté en manos cristianas a finales de la década de 1170, quizás tomada y luego entregada a Castilla por gente de Albarracín, señorío independiente y montaraz controlado por la familia Azagra, de raíces navarras, que en 1175 se ha hecho ya con las fortalezas musulmanas de Huélamo y Monteagudillo (despoblado próximo a Uña), muy cercanas a Cañete. Pedro Ruiz de Azagra, el feroz señor de Albarracín, ha comenzado sus correrías por todo el Sistema Ibérico en 1172, ayudando en 1177 al ejército castellano-aragonés de Alfonso VIII y Alfonso II en la toma de Cuenca. Un dato significativo es que la primera alusión conocida de Moya (en la que se la menciona en poder islámico) sea de 1176, quizás cuando debido a la pérdida de Cañete se hiciera necesario reforzar un modesto enclave musulmán que hasta entonces había permanecido olvidado en la tranquila retaguardia.

En todo caso el cambio de manos se ha producido con seguridad hacia 1187-1190, fechas en las que aparecen los primeros documentos escritos que hablan de la población. De 1190 es un curioso documento en el que se declara que el obispo de Albarracín (diócesis Segobricense) tenía el control de las iglesias de Cañete y su jurisdicción (que no se precisa). En este año de 1190 entrega esta jurisdicción eclesiástica sobre Cañete al obispo de Cuenca, siempre con la autorización de su señor secular, Pedro Ruiz. Ello fortalece la hipótesis de una anexión muy cercana en el tiempo por tropas de Albarracín. Sin duda, junto con la donación eclesiástica debió producirse la civil, que dejó a Cañete definitivamente inclusa en la corona castellana, y que ya había tenido lugar en 1187. La razón declarada de la entrega apuntaba a que las iglesias de Cañete habrían de pertenecer por su situación geográfica a la antigua diócesis valeriense (y el obispo de Cuenca desde 1183 lo era Ercavicense y Valeriense). La razón real apunta a una "donación" de Cañete por Pedro Ruiz al rey Alfonso VIII de Castilla, buscando siempre la autonomía del pequeño señorío de Albarracín frente a las apetencias de Castilla y Aragón.

De estos años también se conservan donaciones de pertenencias en Cañete a la Orden de Calatrava. En una de ellas figura el señor de Molina de Aragón, Pedro de Molina, también señor autónomo y que quizás jugó algún papel en la toma de la villa. La Repoblación de la villa debió hacerse ya por elementos castellanos después de la cesión, procedentes de todo el reino y en especial de las extremaduras (fronteras) castellanas. Cañete se dividió en tres parroquias o colaciones: Santa María, San Andrés y Santiago. De ellas, sólo la última, Santiago, se ha conservado, habiendo desaparecido las otras dos.

Tras los años de la conquista, buena parte de la Sierra Alta pasará rápidamente a manos de grandes familias de la nobleza conquense, caso de los Albornoz y los Carrillo, que fundarán señoríos en Beteta y Tragacete englobando un buen número de poblaciones. El resto de la porción más elevada de la Sierra se englobará en la Comunidad de Villa y Tierra de Cuenca, por donación regia contemplada en el Fuero otorgado a la ciudad (hacia 1189).

Por el contrario, la Sierra Baja se estructuró en torno a la villa de Moya, hasta entonces de importancia secundaria. Corazón del territorio durante el periodo musulmán la fortaleza de Cañete, pese a su potencia y tamaño, vio tras la conquista y repoblación como era dejada de lado por razones políticas, perdiendo su preeminencia secular sobre la comarca. Una nueva población, Moya, mucho más cerca de la frontera, tomaba el testigo de Cañete en el proceso de reconquista, exponente del afán castellano de erigir un gran punto fuerte mucho más cerca de la raya valenciana desde el cual aprovechar los estertores del reino moro de Valencia a la vez que se presionaba territorialmente la reconquista aragonesa. Cañete, tras haber tenido tenentes regios propios (figura un Manrique de Lara en 1217) y arcedianato, pasó a ser en 1222 aldea de Moya. El arcedianato se trasladó en 1221 aproximadamente. Cañete recibió el Fuero de Moya, concedido a tipo de Cuenca en 1218.


No le debió ser muy grato a Cañete verse sujeta a su vecina del sur y reducida a la humillante condición de aldea. Se presionó a la Corte (tirando los tejos a Aragón, como era costumbre) y se creó de facto una situación de bicefalia en el territorio que hubo de ser incómoda para todos. Monarcas como Alfonso X El Sabio sin duda hubieron de enterarse muy bien dónde quedaba Cañete, puesto que incluso acabó inmortalizando a la quejumbrosa y pertinaz población en dos de sus Cantigas. Aun así el villazgo tardó seis décadas en llegar, aunque la ansiada emancipación de Moya vino emparejada con el señorío, del que Cañete no se zafó en toda su historia, en una sucesión de propietarios. En el Acta de Villa de 1285 (Sancho IV, Burgos), Cañete perdía además toda su antigua jurisdicción y quedaba con un término muy reducido (casi el actual) y sin otra población anexa que la diminuta aldea de La Huérguina, pequeña isla en el territorio de la tierra y alfoz de Moya, que abarcaba 34 poblaciones. La terrible carencia de espacio vital ha sido una tónica histórica, y la explotación intensiva que han sufrido los recursos del término a lo largo de los siglos explican la despoblación de gran parte de sus montes, sólo revertida en los últimos años. Los problemas ganaderos, de lindes y pastos, han sido consustanciales a Cañete desde que se tiene noticia, y las rencillas entre la comunal Moya y la señorial Cañete (y luego entre ambos marquesados) han sido moneda de cambio corriente a lo largo de los siglos.

Los años medievales registraron enfrentamientos y empresas bélicas casi constantes. La situación fronteriza de la tierra con los reinos de Valencia y Aragón la hacían blanco de una inestabilidad permanente, con su secuela cíclica de depredaciones y destrucción. Los problemas de indefinición de la raya fronteriza no fueron definitivamente resueltos hasta bien entrado el siglo XIV, y las grandes villas de todos los lados de la frontera (Moya y Cañete en Castilla, Albarracín en Aragón, Castielfabib, Ademuz y Alpuente en Valencia) mantuvieron inacabables pleitos por las eternas cuestiones de aprovechamiento forestal y de pastos, que en ocasiones llegaron a las armas. Así, utilizando quizás como excusa una disputa religiosa (en torno a la cual se han entretejido las leyendas en torno a la Virgen de la Zarza), Cañete y Castielfabib se enfrentaron a comienzos del siglo XIV por cuestiones de pastizal y ganados. La comarca se erizó de fortalezas y atalayas. Cuando estas cuestiones fueron por fin resueltas, la situación de hostilidad entre Castilla y la Corona de Aragón, declarada o larvada, mantuvo el ambiente de inestabilidad intermitente durante los siglos XIV y XV.


A finales del siglo XIV el más ilustre hijo de Cañete va a ver la luz: Don Álvaro de Luna. Nacido hacia 1388, hijo bastardo del señor homónimo de la villa, a los 18 años fue nombrado paje de Corte, consiguiendo al poco tiempo el favor del joven infante Juan (el futuro Juan II, 15 años menor que él), que llegará a segundo rey de tal nombre en Castilla. Don Álvaro consiguió ganarse de tal forma la confianza del débil monarca que durante más de treinta años fue su privado y valido indiscutible a pesar de las turbulencias de la política castellana de la época. Acumuló cargos y honores sin cuento, entre ellos el de Condestable de Castilla (1422), que comportaba la jefatura del ejército, y el de Maestre de Santiago (1430), amasando de la nada una riqueza exorbitante y desmesurada. La cúspide de su poder la alcanzó en 1431 en la Batalla de La Higueruela ganada a los moros granadinos, en la que se distinguió su hermanastro (éste legítimo, también natural de Cañete) Juan de Cerezuela, obispo de Plasencia y más tarde arzobispo toledano por gracia del nepotismo de Don Álvaro. Finalmente la oposición encarnizada de gran parte de la nobleza consiguió la caída del favorito. Don Álvaro de Luna fue ejecutado en Valladolid el 22 de junio de 1453.


Edad Moderna

No muchos años después del nacimiento de Don Álvaro, Cañete pasó a los Hurtado de Mendoza, rama de la gran familia castellana de solares vascongados. Señores y más tarde marqueses de Cañete, demostraron ser una línea de sangre excepcionalmente belicosa a lo largo de toda su historia. Sus vástagos se encuentran en un número insólito de campañas y campos de batalla desde el siglo XIV hasta el XVII: la fase final de la Reconquista (alguno incluso pereció luchando en la vega de Granada a la vista de la reina Isabel I), las campañas de África e Italia, la guerra contra el Turco... Hubo cuatro señores de Cañete y cinco marqueses, a partir de la conversión del Señorío en Marquesado de Cañete en 1490 por gracia de los Reyes Católicos. Con la muerte en 1654 del quinto marqués, Don Juan Andrés Hurtado de Mendoza, la línea directa de los marqueses se extinguió, pasando el título a la casa de los condes de Santa Coloma, en la que reside en la actualidad.

Las figuras descollantes del linaje fueron el segundo y cuatro marqueses, Don Andrés y Don García, padre e hijo, ambos virreyes del Perú, que dejaron memoria por sus hechos en las Américas. Fundadores de una larga lista de nuevas poblaciones, crearon las dos ciudades de Cañete en tierras americanas (Chile y Perú), en recuerdo de su lejana patria. Don García Hurtado de Mendoza pisó las conquistas sudamericanas dos veces, primero llevado por su padre el virrey y luego, años después, como virrey el mismo. Soldado correoso, experimentado y duro (y magnífico estratega) aplastó definitivamente la resistencia araucana en Chile venciendo a los caudillos Caupolicán y Lautaro, triunfadores a su vez sobre el desdichado Pedro de Valdivia. Tambiéndon García se apuntó con mérito discutible dos triunfos sobre corsarios ingleses (puesto que aparejó las flotas pero no estuvo en los combates): contra el corsario Richard Hawkins en aguas del Pácifico; y sobre sir Francis Drake en Portobelo, arruinando la escuadra de 28 barcos que el célebre pirata (héroe nacional en otras latitudes) tenía preparada para asolar las costas de la América Española. Apenas un puñado de naves consiguió retornar a Inglaterra. Hasta no hace muchos años, de los muros del panteón familiar de los marqueses en la Catedral de Cuenca colgaba la bandera que la reina Isabel I de Inglaterra había bordado con sus propias manos al célebre navegante, tercer circunvalador del mundo, y que le fue ganada en el combate. Y aunque mapuches y corsarios ingleses fueron formidables enemigos, el mayor logro por el que don García Hurtado de Mendoza fue alabado en los círculos de la Corte resultó ser el haber conseguido imponer el régimen fiscal castellano en el Perú, con su inacabable serie de tributos (alcabalas, almojarifazgo, gabelas...), para lo cual sufrió rebeliones y vio su vida pendiente de un hilo como nunca antes, pues no era cosa baladí bregar con dos generaciones de españoles ya establecidas allí, el que más y el que menos hacendado, fijodalgo y cristiano viejo, cuando no directamente uno de aquellos de La Entrada, gentes todas de natural levantisco y orgullo luciferino con las que contaba muy poco la vida de un virrey.


Algunos otros acontecimientos menores salpicaron la Edad Moderna. La expulsión de los judíos en 1492 afectó a Cañete, que contaba con una pequeña aljama y una sinagoga modesta, de la que se ha conservado lo que posiblemente fue su portada. Del puñado de familias hebreas cañeteras que hubieron de mudar descollaría con el correr de los siglos la eminencia literaria de Elias Canetti, gloria de la diáspora sefardita. Por contra, desde 1589 se establecieron en la villa un pequeño grupo de familias moriscas expulsadas de Granada tras la revuelta de Las Alpujarras. Las dificultades de integración con la población local fueron considerables, con algunos incidentes sonados.

Durante los siglos XV y XVI la ganadería en toda la Sierra de Cuenca alcanza su mayor desarrollo, con casi un millón de ovejas. Algunos rebaños cuentan decenas de miles de cabezas. Tuvo Cañete su parte proporcional es este apogeo mesteño, como también la tuvo en la profunda crisis ganadera del siglo XVII, que trituró la economía serrana y, de rebote, la de la propia ciudad de Cuenca, que vivía de las lanas, batanes y textiles.

A finales del siglo XV se produjo un acontecimiento que cambiaría el equilibrio de poder en la comarca. Moya y sus treinta pueblos fueron cedidos en marquesado a Don Andrés de Cabrera y su mujer Doña Beatriz de Bobadilla por los Reyes Católicos en pago de los muchos favores recibidos en su advenimiento al trono. Tal donación causó estupor en Moya, que había luchado durante toda la Edad Media para mantener su condición de villa libre y que tenía el privilegio de no ser enajenada nunca del patrimonio real. Ya el mismo año de su toma de posesión, el flamante marqués de Moya tuvo que ahogar en sangre la primera rebelión. Una rabia y un odio profundos se extendieron por toda la antigua Tierra de Moya, esperando un momento para cristalizar.


La oportunidad le llegó a Moya en 1520, utilizando como casus belli la revuelta de las Comunidades, que en la comarca adquirió (como en tantos otros lugares) un marcado cariz antiseñorial. Moya se levantó en Comunidad de confín a confín, mientras el marqués de Cañete intentaba impedir que la deflagración se extendiera a su pequeño señorío. El temor resultó infundado: la crisis pasó inadvertida para la villa, que demostró lealtad perruna a los Hurtado de Mendoza. A su alrededor, el Marquesado de Moya ardía en una guerra feroz contra los Cabrera, en la que ambas partes dieron sobradas muestras de brutalidad. Por dos veces fue el marqués de Moya expulsado de la tierra con gran pérdida de gente, incluidos dos sobrinos apresados por los rebeldes que fueron quemados vivos. Finalmente y gracias al apoyo del emperador Carlos I pudo el Cabrera recuperar su marquesado, iniciando una represión feroz. La comarca a la postre quedó deshecha. Existen pocos datos acerca de cómo este conflicto afectó a Cañete, rodeado de guerra por todas partes. Se sabe que los ganaderos de Cañete aprovecharon el río revuelto para invadir los pastizales moyanos, removiendo viejas heridas con su vecina del sur.

Los marqueses de Cañete, perfectos absentistas, poco o nada recalaron en Cañete a lo largo de cuatro siglos. A los trabajos en Ultramar de algunos de ellos se añadía la abúlica vida en la Corte de los más. Otros prefirieron Cuenca para residir, ciudad donde el linaje tenía palacio, capilla-panteón (la del Espíritu Santo de la Catedral conquense), grandes propiedades y cargos en la administración urbana. Con la extinción de la línea directa la situación se agudizó, hasta el punto que el pequeño palacio de los Hurtado en Cañete entró en decadencia hasta llegar a la completa ruina (hoy es un solar junto a la iglesia de Santiago). Hubo vecinos de Cañete que pudieron decir que habían pasado la vida sin ver a su señor, cuyas decisiones les llegaban a través del administrador encargado de los tributos. Suerte no muy distinta al palacio corría la gran fortaleza, a pesar de seguir contando con alcaide y una guarnición más o menos simbólica. Por el contrario, se edificaba el Colegio de Gramática, que daría un considerable impulso cultural a la villa.

Cañete capeó con poco o ningún quebranto la Guerra de Sucesión a comienzos del siglo XVIII, que tantos destrozos causó en la ciudad de Cuenca y en otros puntos de la provincia. Fue el XVIII un siglo de crecimiento demográfico y de una relativa prosperidad económica para toda la Serranía de Cuenca, del que la villa se vería muy beneficiada. En su área crecerán los pequeños pueblos y se colonizarán nuevos espacios agrícolas con la edificación de aldeas y rentos. La ganadería, tras la profundísima crisis del siglo XVII, toma un nuevo impulso que repercute en la población.


Edad Contemporánea

El siglo XIX comienza con una serie de acontecimientos dramáticos que golpearán gravemente el territorio. La Guerra de la Independencia abrió un periodo de gran inestabilidad que habría de prolongarse por toda la comarca hasta 1875.

El periodo de la Guerra de la Independencia en Cañete es muy mal conocido. Todo el Marquesado de Moya se levantó en armas contra el francés entre 1808 y 1812, dirigido por la propia villa moyana, que formó Junta, reclutó tropas y opuso a los napoleónicos una resistencia fanática, apoyada por la abrupta topografía. Se enviaron levas a unidades regulares y se dio cobertura a tropas irregulares y guerrillas. El general francés Caulincourt, tras vencer la resistencia de Cuenca, escribió a su colega el general Le Frère: "Si mis instrucciones no me lo hubiesen impedido, hubiera borrado a Moya del mapa de España: pero si este lugar no entra inmediatamente en razón, tendrá que experimentar un castigo terrible. Prevenid, mi estimado general, al Mariscal Moncey, que dicha ciudad es una cueva de rabiosos...". Las comunicaciones francesas a lo largo del conflicto hacen referencia a la necesidad de "terminar con las reuniones de Moya", desde las cuales se organizaba la resistencia en las comarcas montañosas circundantes. Existe poca información real de lo que está ocurriendo en Cañete en este periodo, pero todo apunta a que se está colaborando decididamente contra el invasor. Cuando Moya fue por fin tomada por el francés, la resistencia continuó hasta el final de la guerra en los pueblos y las intrincadas serranías. La guerra devino en una guerrilla feroz y visceral, conducida de cresta en cresta y de valle en valle. Guerrilleros célebres, como Juan Martín el Empecinado, corrieron la Sierra de Cuenca junto con otros cabecillas más olvidados. Referencias siniestras en la toponimia y el folclore popular apuntan al destino espantoso que podían correr los soldados franceses que atravesaran las veredas serranas en corto número o se desgajaran de sus unidades, excesos salvajes que eran respondidos por el ocupante en forma de represalias arbitrarias y despiadadas. Faltan todavía estudios demográficos y económicos de una amplitud y fiabilidad suficientes para poder comprender el impacto del conflicto, pero los resultados provisionales apuntan a una sangría humana considerable durante este periodo, que dejó secuelas profundas. Moya quedó irremediablemente tocada: la generación de 1830 alcanzó apenas un 25% de los efectivos de la de 1805.

Cañete tuvo un activo papel durante la primera guerra carlista. La villa se alzó como baluarte del carlismo en la Sierra Baja frente a Moya que, como no podía ser menos, se erigió en resuelto bastión liberal, lo que le valió bombardeo, exacciones y saqueo, precipitando su ruina. En realidad, ni Cañete ni su área comulgaban en demasía con las ideas absolutistas, pero los hechos vinieron forzados por su proximidad a los nidos carlistas en Teruel y Chelva y por la poca energía con la que el régimen liberal defendió a sus zonas rurales. La población fue ocupada por Ramón Cabrera, el Tigre del Maestrazgo. El Castillo se abaluartó (con evidente estropicio de su aspecto medieval), las murallas se remozaron en lo posible y durante varios años (de 1834 a 1837) Cañete se mantuvo en manos de las facciones del Pretendiente, resistiendo varios intentos liberales de recuperación y protagonizando un buen número de pequeños combates y altercados por toda la Serranía de Cuenca que se prolongaron en el tiempo con suerte cambiante. Con la agonía del carlismo Cañete fue recuperado por las tropas de la reina, cerrando un periodo de inestabilidad y de penuria económica motivada por el cierre de las rutas, la pérdida de brazos y las contribuciones de guerra.


En los dos siguientes conflictos carlistas, Cañete tuvo poca o ninguna relevancia. Sólo en la tercera guerra, tras el dramático episodio de la toma de Cuenca, tuvo la villa una importancia relativa y efímera para a continuación ver alejarse para siempre los conflictos armados.

Durante la Guerra Civil fue guarnición republicana de retaguardia del cercano frente de Teruel, siendo pieza importante en la logística de las operaciones en torno a la ciudad. Aunque evitó la guerra por pocos kilómetros, toda la zona fue muy fortificada. Todavía hoy es posible recorrer centenares de metros de trincheras, búnqueres y nidos de ametralladoras (que nunca oyeron un tiro) a lo largo del eje de la N-420 en Salvacañete, en Salinas del Manzano, en Boniches…

No terminó el problema con el fin de la guerra, y toda la Sierra fue hervidero de una activa guerrilla antifranquistadependiente de la A.G.L.A. (Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón)que llegó a contar con efectivos considerables y líderes cuya fama ha quedado en la intrahistoria de los pueblos. Aún hoy son recordados los antiguos campamentos del maquis, en alturas apartadas y aisladas: Morro Gorrino, Cerro Moreno… Precisamente el combate de Cerro Moreno, el 7 de noviembre de 1949, rompió el espinazo militar del maquis de Cuenca. Los últimos combatientes, perseguidos y desprovistos de toda acción de conjunto, van a sobrevivir por los montes de Cuenca de forma absolutamente patética hasta el año 1958. Controvertidos, queridos y odiados, todavía en algún pueblo de la Sierra queda con vida algún maquis, aunque se cuenten con los dedos de la mano los que han sobrevivido a la vida en el monte, la prisión o el exilio, amén de los largos lustros transcurridos. Pronto ya no estarán sino en los libros de historia y en la memoria popular,  que para bien o para mal nunca olvida.


Precisamente en estos años de posguerra se consuma la tragedia de Moya, quebrada por pobreza, guerras y emigración. Los últimos vecinos abandonan la villa a comienzos de los años 50, dejando atrás un fantasmal conjunto urbano donde muros ruinosos de parroquiales, palacios, conventos, viviendas y fortaleza se alzan hacia el cielo de forma dramática. Todavía hoy el tiempo los apea uno a uno, y la villa muerta se deshace piedra a piedra, como un viejo pecio naufragado encallado en su elevada meseta, descollando teatralmente sobre una comarca que durante ocho siglos se gobernó desde sus muros. La alternativa la tomó Cañete (vieja revancha de la jugada de 1222), que heredó partido judicial y administraciones civiles de toda la comarca, convirtiéndose a todos los efectos en el centro de servicios de toda la mitad meridional de la Serranía de Cuenca.

Tras la Guerra Civil, Cañete alcanza su máximo pico de población en la historia: 1.841 habitantes en 1940, cifra de población demasiado elevada para lo que la precaria economía de montaña podía proporcionar por entonces. La consecuencia es que la villa ya perdía habitantes antes de los años del desarrollismo, que sólo aceleraron una tendencia anterior. La máxima caída se produjo a finales de los años sesenta, donde a la crisis de las formas tradicionales de vida se unió el falso espejismo de los núcleos urbanos. Cañete perdió cuatrocientos habitantes en apenas diez años (1960-1970). La caída se moderó en los años 80 y se detuvo en la década siguiente, cuando ya del censo habían desaparecido casi un millar de personas.

En la actualidad, Cañete es una población dinámica que ha superado este drástico bajón demográfico y muestra una recuperación discreta pero constante, con bases muy diversificadas y una viva actividad comercial que la mantiene como centro de su comarca. La actividad turística se está consolidando como una de las posibilidades de desarrollo futuro con mayores expectativas. También en los últimos años se han promovido importantes actuaciones culturales, como la creación de La Alvarada o el hermanamiento con la ciudad de Cañete de Chile, superando un océano de olvidos.